Se alza una voz de niña. Está cantando. Es una
voz suave que no muestra ni alegría ni tristeza, pero sí la
violencia de quien quiere que el alma estalle. No canta
palabras, sino un gemido melodioso.
Canta la niña.
La niña canta.
Mece los hombros.
Tiene calcetas blancas.
A ella se une otra voz y otra; muchas más. Es un
coro de niñas claras. Un coro luminoso.
Ellas cantan y se toman de las manos. Mueven
un poco el cuerpo y no sabemos si se menean al ritmo
de su canción, pues el coro se ha descompuesto en varias
melodías.
Cantan orgullosas de ser bellas.
De tener ojos.
Piernas y cabello.
Cantan y gimen. Ah, dios de las malas cosas, ojalá
te pudras.
Nosotras bellas.
Nosotras luz.
Nosotras sin esperanza.
Doblen la rodilla y cállense todos, hijos de mala
sangre. Es hora de escucharlas.
Es hora de amarlas.
De recordarlas.
Una ovación, damas y caballeros.
El más cálido de los aplausos.
Escuchemos la canción de las niñas muertas.
David Toscana, Los puentes de Königsberg
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